Cuidarme no debería ser tan difícil: autocuidado y autoexigencia

Art_Cuidarme no debería ser tan difícil

“Sé lo que me ayuda. Sé que descansar más, mover el cuerpo, comer mejor o poner límites me vendría bien. Lo he leído, lo he escuchado, incluso lo he recomendado a la gente que me importa. Y, aun así, cuidarme a mí misma no funciona (o al menos no como me lo pintan en redes sociales).

Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío. Que no me esforzaba lo suficiente, que no era constante, que algo estaba haciendo mal. Como si el autocuidado fuera otra tarea que debería cumplir mejor, con más disciplina y menos excusas. Y, sin darme cuenta, cuidarme empezó a hacerme sentir aún peor.

Con el tiempo empecé a preguntarme si el problema no estaba en el autocuidado en sí, sino en desde dónde lo estaba intentando. Si cuidarme desde la obligación, el juicio o la presión podía realmente dar algún resultado distinto.”

No creo que esta experiencia sea solo mía. Muchas personas saben qué deberían hacer para sentirse mejor y, aun así, se sienten frustradas, culpables o insuficientes por no conseguirlo.

El bienestar se ha convertido en otra tarea más de esa larga to-do list.

Pero entonces, ¿qué está pasando?

El autocuidado se ha instalado en el discurso social como una responsabilidad individual incuestionable. Cuidarse se asocia a rutinas estrictas, hábitos saludables y prácticas que, en teoría, deberían ayudarnos a sentirnos mejor: madrugar, meditar, descansar, hacer ejercicio, comer de determinada manera, gestionar mejor las emociones, tener la casa bonita…

Este mensaje suele ir acompañado de una idea implícita: si no mejoras, es porque no lo estás haciendo bien, porque no te estás esforzando. Y es ahí donde aparece la culpa, ya que cuidarse deja de ser un espacio seguro y se transforma en un terreno donde nunca parece suficiente.

El papel de la autoexigencia

La autoexigencia aparece cuando el cuidado deja de estar guiado por la necesidad y pasa a estarlo por el deber. No por lo que me vendría bien hoy, sino por lo que “debería” hacer para estar mejor, rendir más o sentir menos. En ese punto, el autocuidado deja de escuchar las necesidades reales y se desplaza hacia el rendimiento: ya no se trata de preguntarme qué necesito, sino de cumplir con lo que, muchas veces, alguien que no conozco dice que debería hacer para sentirme mejor.

Este tipo de autocuidado suele ir acompañado de un diálogo interno duro: reproches, comparaciones, sensación constante de no estar haciendo suficiente. Paradójicamente, cuanto más se intenta controlar el bienestar desde la exigencia, más lejos queda la sensación de cuidado. Es decir, en lugar de reducir el malestar, se añade una capa más de presión.

Una nueva aliada: la autocompasión

Aquí es donde la autocompasión introduce un cambio importante. No como una técnica más, ni como una forma de conformismo, sino como una manera distinta de relacionarnos con nosotros mismos.

La autocompasión implica tratarnos con la misma amabilidad que ofreceríamos a alguien cercano cuando está pasando por un momento difícil. Reconocer que el cansancio, el error o la frustración forman parte de la experiencia humana, y permitirnos sentirlos sin juzgarnos por ello.

Cuando el autocuidado se apoya en la autocompasión, deja de ser una obligación rígida y se convierte en algo más flexible y sostenible. No se trata de cumplir rutinas perfectas, sino de atender las propias necesidades con respeto, entendiendo que estas cambian según el momento. Desde este lugar, cuidarse no significa hacerlo todo bien, sino no abandonarse cuando no se puede con todo; porque es precisamente en esos momentos cuando más cuidado necesitamos.

A veces cuidarse será parar, mientras que otras veces, pedir ayuda o simplemente dejar de exigirse más de lo que se puede dar.

A cuidarse también se aprende

Muchas personas llegan a terapia con la sensación de que saben lo que les ayudaría, pero no consiguen sostenerlo en el tiempo. No porque no lo intenten, sino porque están intentando cuidarse desde el mismo lugar desde el que se exigen.

En el proceso terapéutico, el autocuidado no se entiende como un salvavidas al que agarrarse solo cuando no nos encontramos bien, sino como un proceso que se aprende y se construye poco a poco, con la idea de que pueda sostenerse en el tiempo. Se trata de ir descubriendo qué ayuda y qué no ayuda en los momentos difíciles, también cuando las cosas van mejor.

Desde este enfoque, ninguna emoción es mala ni hay estados que haya que eliminar cuanto antes. El trabajo no consiste en dejar de sentir, sino en aprender a regularnos, a escuchar lo que aparece y a acompañarnos sin juicio cuando las emociones se vuelven intensas o incómodas.

Acompañar estos procesos implica construir una relación con uno mismo más amable y realista. No para hacerlo todo bien, sino para poder tenerse cuando más se necesita.

Y dime, ¿tú qué necesitas hoy?

Por Blanca Gracia

CONSULTA MADRID

CONSULTA DUBLÍN

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